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Óleo de Rafel Català |
Nos descubrimos en un zoo de palabras. Algunas en recintos húmedos y otras en explanadas ficticias. Las hay con cuatro patas y caparazón, y las hay que vuelan. La variedad es enorme, o diminuta, según el presupuesto del gerente y sus posibles visitadores. Hoy me paseé por uno de estos zoos que apenas usan rejas ni artificios para separar las tipologías, y creo que el gerente se llama "escritor".
Él, junto con el resto de visitadores, apenas nos damos cuenta de que vivimos en una canica de zoos microscópicos, donde, por la forma esférica, uno se resbala de un hemisferio a otro, entre fonemas que no llegamos a escribir. Que son los más. O cazamos con un sedal de pesca, seleccionando algunos ejemplares, para hacer collares de frases perladas.
Nos miro sentada en el tocón que ha quedado de lo que fue un roble inmenso. Uno que resistió la guerra de los olvidos, pero no la metralla del tedio, y con el bocadillo en la mano, y mientras me dispongo al mejor plan que conozco, que es vivir, me planteo si escribiré un texto sobre la nimiedad. Eso de que los pensamientos se transformen en fonemas, que luego, con un lápiz, pretendemos usar para dar cuerpo a un relato sobre cómo comerse un bocadillo.
Esta vez sentada en esa silla improvisada, bajo el sol que aprieta, porque es ahora ausente la sombra que alguien usaba para cazar musas y escribir, (según soplara el viento entre las hojas), y que ahora sólo existe en mi memoria y en la de las hormigas que me miraban comer, escribo esta nimiedad sobre los escritores nimios de todo zoo.
Esta vez sentada en esa silla improvisada, bajo el sol que aprieta, porque es ahora ausente la sombra que alguien usaba para cazar musas y escribir, (según soplara el viento entre las hojas), y que ahora sólo existe en mi memoria y en la de las hormigas que me miraban comer, escribo esta nimiedad sobre los escritores nimios de todo zoo.